“Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña” Kevin Carter
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publicación: New York Times, marzo de 1993
escenario: Sudán en 1993, durante la gran hambruna
premio Pulitzer de fotoperiodismo en 1994
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escenario: Sudán en 1993, durante la gran hambruna
premio Pulitzer de fotoperiodismo en 1994
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Detrás de esta imagen, late la eterna pregunta del periodista: ¿debe intervenir o acaso debe limitarse a documentar la realidad? No en vano es quizá esa duda lo que ha hecho revolotear tantas leyendas urbanas sobre esta cruenta instantánea, hasta tal punto que hay quienes la acusan de haber empujado a su autor al suicidio, presa del remordimiento.
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Según José M. Arenzana y Luis Davilla, la verdad de la historia es que esta niña huesuda que yace encorvada sobre el polvoriento paisaje no agoniza en medio de la soledad de un páramo sudanés; la verdad según José M. Arenzana y Luis Davilla es que la pequeña se ha alejado de la aldea y ha llegado al estercolero de su tribu para defecar y que es eso, y no su muerte, lo que el buitre está esperando con tanta avidez. Atendiendo a esta hipótesis, esta vez Carter no habría retratado la realidad, sino que sólo la habría sacado de contexto; es decir, habría tomado lo impactante de la escena, descartando todo el entorno y dotándola así de un significado nuevo y espeluznante, infiel, pero espeluznante que no podría dejar a nadie indiferente.
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La fotografía le valió a Carter el Pulitzer y, al cabo e un tiempo, la maldición: las preguntas insidiosas, las acusaciones maliciosas, las teorías perversas y un despiadado interrogante que sigue persiguiéndolo, más allá incluso de su propia muerte: ¿por qué no salvaste a la niña?... Al final fue su metáfora piadosa la que lo devoró a él. Por desgracia, la verdad de lo sucedido en aquellos treinta minutos que duró la expedición en torno a aquel poblado de Ayod se la llevó Kevin Carter a la tumba, dejando al mundo sumido en un debate absurdo en el que, paradójicamente, rara vez se menciona la palabra "hambre".
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A su pesar, la fotografía de Carter no pierde ni un ápice de su crudeza ni de su signifado. No en vano con ella Carter consiguió llamar la atención del Primer Mundo que, conmocionado, levantó la mirada de su propio ombligo y, por un breve instante, observó la verdad de una guerra omitida y contempló el rostro esquelético de la hambruna.









2 comentarios:
Hola, ola de mar..
¿Y cómo sabía el que preguntó, que no la salvó? Presuponemos siempre mal, supongo. Recuerdo es foto, cuando la ví, me pregunté si luego la había recogido y llevado a su casa al menos, nunca me pregunté si la salvó, pues para ello tenía que suponer que no lo hizo..Pero bueno, yo es que siempre pienso bien..que le voy a hacer.
Si fuera...realmente, que la niña estuviera esperando la muerte..¿ había más niños allí en las mismas condiciones? ¿ salvas a la niña de la foto y no salvas al que está al lado?...
Un beso, dos
Aire/Ches
Yo creo que esa suspicacia la creó el propio autor cuando al recoger su putlizer comentó que lamentaba no haber salvado a la niña. Pero ¿salvarla de qué? ¿salvarla del buitre? ¿de la muerte? ¿de la hambruna?
Ese comentario tan cercano a su suicidio animó a la gente a rellenar las lagunas de información y crear su propia historia, sin tomar distancia para apreciar la perspectiva que da contemplar la vida de Carter en su totalidad.
Ahora para colmo surge la teoría Arenzana & Davilla...
Al final, lo que menos nos importa es por qué Carter apretó el disparador de su cámara: para concienciar al Primer Mundo de los fantasmas del hambre y de la guerra.
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